La meritocracia: Un ideal igualitario* 

Politica | 2020-11-29 | 17:43:36

“Quien busca pensar en su propio merito, fracasa.”


No fue así, como Jorge Bergoglio llegó al solio de San Pedro. Él al igual que la mayoría de los pontífices (a excepción de los antipapas de Aviñón y algún que otro trasnochado del medioevo) alcanzaron tal alta investidura en los últimos 500 años merced a un sin número de cualidades que lo hicieron destacables entre sus pares del colegio cardenalicio. Sin embargo, el hoy Papa Francisco esbozó este pensamiento curiosamente 48 horas después de que el presidente Alberto Fernández haya formulado los mismos principios para desestimar el esfuerzo y el mérito de las personas para alcanzar sus metas en la vida.

La meritocracia es un mecanismo distributivo y lo que distribuye son perspectivas de vida y de éxito entre los miembros de un grupo social. Se entiende por perspectiva de éxito la posibilidad de alcanzar posiciones sociales, roles, puestos de trabajo que un individuo autónomamente elije, es decir lo que en general uno define como progreso en la vida.

La idea fundamental de la meritocracia es que en la medida de lo posible o tanto como sea posible las perspectivas de éxito dependan pura y exclusivamente de elecciones libres que las personas tomen.

El origen de este principio fundacional en occidente debemos rastrearlo en los umbrales de la edad moderna, cuando agotado el sistema feudal que concebía una sociedad estamental -en la cual cada persona debía ocupar el rol asignado por dios y su fortuna-no buscaba incentivos para modificar su suerte. Podríamos afirmar entonces, que la cuna determinaba la clase social inalterable que un sujeto tendría a lo largo de su existencia. De este modo, un señor feudal mantendría sus posiciones y riquezas, sin recibir cuestionamientos de sus vasallos, quienes -sobre todo los ciervos de la gleba- sabían que en esa condición iban a morir por mandato divino.

Aquí toma vigor la meritocracia cuando el ideario francés e inglés de la filosofía contractualista interpretó que el esfuerzo de los individuos podía llevarlos a superarse, primero económicamente a través del comercio y del capitalismo mercantil y luego, pegado a esto, con el desarrollo de la educación. De tal modo, en sociedades igualitarias este vehículo regularía el tránsito de las personas para que con su esfuerzo alcancen sus objetivos de vida y no dependan de los designios celestiales.

En el contexto actual de la pandemia, el gobierno nacional determinó el cierre temporario de las escuelas atacando el tema de marras. Esa temporalidad se convirtió en una asfixia que impide hasta hoy a miles de niños, adolescentes y jóvenes continuar sus estudios regulares. Nada mejor entonces para justificar lo injustificable, que desmerecer la meritocracia como actor primario de la movilidad social.

Los promotores de la chatura intelectual y cultural deberían comprender ya que la meritocracia incluye la igualdad sustantiva de posibilidades, promoviendo la inversión de importantes recursos y la puesta en marcha de políticas públicas activas que igualen las posiciones de partidas de todos los individuos. Así, el kirchnerismo y el pseudo progresismo argentino comparten el ideal de que la meritocracia y la igualdad de oportunidades tienen sentido si se parte de un mismo piso, aunque nada hacen por su instrumentación real y legitima.

No hay futuro posible si el valor al mérito real, no el panfletario, sigue su letargo en retomar el lugar de privilegio que una sociedad tan castigada como la nuestra se merece.

 

* Cristian Carnaghi Falcón

Estudiante avanzado en Ciencias de la Educación y

Director Administrativo HCD Lanús



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