Ramón Carrillo: Su figura se agiganta ante lo caricaturesco de los Ginés Gonzáles, Gollán y el vacunatorio para privilegiados PARTE I)

Salud | 2021-04-07 | 17:22:40

PARTE I

Esta nota es síntesis de la larga e interesantísima entrevista que le hice al Dr. Mario Crocco, científico [1] y secretario de la Fundación Dr. Ramón Carrillo, en octubre de 2013[2].

Esa vez el Dr. Crocco nos recibió en la sede de la Fundación, conocida como “la casona de French 3036”: en esa propiedad de 1906 vivieron Ramón Carrillo con su madre y sus hermanos y posteriormente Santiago Carrillo con su familia. En el living, sentados sobre el sofá que entonces seguía en el mismo lugar, estuvieron Perón y Evita, padrinos del casamiento de Carrillo con Susana Pomar.

Los primeros años

Ramón Carrillo nació en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906. A los 17 años ya escribía preocupado por los ancianos, temática a la que entonces se prestaba escasa atención: el obrero no tenía jubilación, y si no podía juntar dinero para la vejez quedaba librado a la solidaridad del prójimo; o se moría de hambre. Homero Manzi, amigo y compañero de Carrillo en la escuela primaria, contaba que la miseria era generalizada entre los mayores.

También a los 17 Carrillo empezó sus estudios universitarios en Buenos Aires. En los primeros años pudo escuchar a Christofredo Jakob, lo cual fue fundamental en su formación: Jakob era uno de los principales neurobiólogos del mundo, y le transmitió a Carrillo la vocación por los misterios del cerebro.

En la Buenos Aires de los años 30 Carrillo se reencontró con Manzi y empezó a juntarse con el grupo de FORJA y otros “muchachos de la noche”. Se inclinó hacia la cirugía y se recibió con medalla de oro. La universidad le costeó un viaje a Europa, donde conoció a los investigadores de los que le hablaba Christofredo Jakob.

De la neurocirugía al 17 de octubre

A la vuelta de Europa Carrillo se convirtió en el principal colaborador del profesor Manuel Balado, quien había empezado a adquirir la técnica neuroquirúrgica en los EE.UU. Mientras tanto seguía dedicado a la investigación: descubrió que, aparte de las neuronas, hay otras células del cerebro que se reproducen formando distintos linajes, la neuroglia, y se puso a clasificarlas. En la misma época empezó a clasificar las enfermedades y a descubrir enfermedades nuevas. Se dio cuenta de que era imprescindible, además de operar, ver qué pasaba en el cerebro y comenzó a hacer trasplantes de cerebro en conejos. Intentó también la tomografía pero no pudo completar su descubrimiento porque en esa época no había computadoras.

En 1937 murió el padre y Carrillo empezó a traer a Buenos Aires a sus hermanos, todos menores que él, para que entraran en la universidad. Solo había libros de medicina en la casa, así que la oferta educativa era poco variada: quien no aceptara estudiar medicina, tenía que volverse al pago. Todos se quedaron. Ese mismo año Carrillo contrajo una fiebre prolongada que le afectó los riñones y le dejó severas cefaleas todo el resto de su vida. Lo salvó un gran amigo que luego sería su mano derecha los ocho años que Carrillo condujo la salud pública nacional: Salomón Chichilnisky.

Había que mantener a los hermanos. En 1940 tomó un empleo de profesor secundario de Historia -lo cual se permitía a los graduados universitarios, y él podía hacer por la formación humanista de la Escuela Neurobiológica Argentino-Germana a la cual era afín-. En un colegio de Ramos Mejía conoció a Susana Isabel Pomar, una chica de 17 años; para entonces Carrillo era “un viejo” de 32 o 33 años, que se enamoró de ella y esperó que Susana fuera mayor para proponerle casamiento. Junto con las clases secundarias era profesor en la universidad, pero aún así la plata no alcanzaba para que los hermanos se dedicaran a estudiar a tiempo completo, así que en 1941 consiguió el cargo de Jefe del Servicio de Neurología y Neurocirugía en el recién creado Hospital Militar, adonde iban conscriptos de todo el país. Allí Carrillo empezó a hacer estadísticas de las enfermedades de toda la Argentina. Al año siguiente, además, ganó por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía. Tenía ya una técnica neuroquirúrgica maravillosa y seguía haciendo investigación básica.

Un día llegó al Hospital una señora enferma, una tal Juana Sosa. Más tarde fue a verlo el hijo de la señora Sosa, mayor del Ejército y profesor de Historia en el Liceo Militar: hablaron de doña Juana, de la materia que ambos enseñaban, y enseguida de cómo cambiar el mundo: no mucho después se hicieron amigos, Ramón Carrillo y Juan D. Perón. Era 1943, y poco después Perón asumiría como Secretario de Trabajo y Previsión.

Después de un breve paso por el Decanato de la Facultad de Medicina de la UBA, en octubre de 1945 Carrillo, como jefe de Neurocirugía, urdió prepararle un falso cuarto de enfermo neurológico aislado al preso de Martín García que “necesitaba ser atendido” en el Hospital. El 17 de octubre, mientras el pueblo ganaba las calles del centro, Carrillo fue el encargado de pasarle a Evita y a los dirigentes gremiales las cartas e instrucciones del “enfermo aislado”.

El gran sanitarista

Después de ganar las elecciones de 1946, Perón le ofreció a Ramón Carrillo el puesto que prefiriera, pero Carrillo no aceptaba ninguno. A la pregunta de que quería hacer, respondió sencillamente: “Soy médico, yo sueño con una Argentina con salud”. En aquel momento Salud no era Ministerio sino Secretaría, y recién se convertiría en tal con la Constitución de 1949. Como el lugar que tenía asignado para trabajar era muy chico, en su misma casa de la calle French -adonde también se había mudado Susana después del casamiento- Carrillo, de 40 años, se reunía con sus equipos, todos jóvenes entre los veintipico y los treinta y pico de años. Allí gestaron las “grandes luchas” contra enfermedades que había que desarraigar del país.

“¡Operá, Ramón, operá!” lo exhortaba mientras tanto su mujer Susana: en casa no había plata suficiente. Pero él siguió adelante trabajando para la salud pública y dejando de lado una carrera brillante.

El alejamiento

Un día se encontró bloqueado en su amistad con Perón, que había llegado al poder apoyado por los gremios. Carrillo quería un sistema de salud gratuito para todos, sostenía que la salud era un derecho del pueblo y que la gente no tenía por qué andar peleando en angustiosa búsqueda de un medicamento. Para ello creó, al fondo del Borda, el Laboratorio de Especialidades Medicinales del Estado (EMESTA), fábrica de medicamentos gratuitos que amenazaba el negocio de los laboratorios de países centrales. Una serie de malentendidos y operaciones derivó en el corte de la mitad del presupuesto asignado a Salud y también en la frialdad de Perón, influenciado por chismes internos.

Carrillo no renunció: el 20 de julio de 1954 les dijo a sus colaboradores “ustedes quédense acá”, se sacó el guardapolvo, lo colgó y se fue a su casa. Salió del país con Susana, sus dos hijos y los dos hijos que la pareja había adoptado rumbo a EE.UU., en busca de una cura para sus terribles cefaleas. Catorce meses después se produjo el golpe de Estado llamado “revolución libertadora” y ya no pudo volver a la Argentina: le confiscaron los libros, los cuadros, entraron a su casa y revisaron todo en busca de “riquezas” mientras los Carrillo seguían hacinados en un departamento en Nueva York, pasando hambre. Por un contacto político casual, se mudaron a Belén do Pará a fines de 1955. Carrillo iba contratado como médico de los indios caboclos que trabajaban en una mina de oro.

Allí, en Belén, a los 50 años abordó su obra de madurez: la “Teoría general del hombre”. Más o menos al mismo tiempo Aurizonia, la empresa que lo contrataba cerró y se quedó sin empleo en un lugar donde la temperatura supera los 40ºC. Era el peor ambiente para una persona aquejada de tremendas cefaleas; necesitaba además medicamentos para su problema de riñón. Se presentó como médico al hospital de Belén, donde le dijeron que precisamente hacía falta uno pero que no había lugar ni podían pagarle un sueldo; sin poder con su genio, y mientras él y su familia pasaban grandes carencias, llevó una mesa, la puso debajo de una escalera, y se dedicó a atender gratis.



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