Día Internacional de las Familias. Reflexión sobre la familia hoy, vínculos cortos y frágiles

Sociedad | 2019-05-20 | 18:27:52


El Día Internacional de las Familias (Resolución A/RES/47/237 de las Naciones Unidas) se celebra el 15 de mayo de cada año para crear conciencia sobre el papel fundamental de las familias en la educación de los hijos desde la primera infancia, y las oportunidades de aprendizaje permanente que existen para los niños y las niñas y los jóvenes.

A pesar de que el concepto de familia se ha transformado en las últimas décadas, evolucionando de acuerdo con las tendencias mundiales y los cambios demográficos, las Naciones Unidas consideran que la familia constituye la unidad básica de la sociedad. En este contexto, el Día Internacional de las Familias nos da la oportunidad de reconocer, identificar y analizar cuestiones sociales, económicas y demográficas que afectan a su desarrollo y evolución.

Al hablar de crisis de la familia, no nos estamos refiriendo a un concepto con implicaciones morales o religiosas. Hablamos genéricamente de parejas cuyos vínculos duran cada vez menos, de grupos de personas que viven serias frustraciones afectivas y económicas que se constituyen en verdaderas barreras estructurales que impiden construir proyectos de vida. La crisis de la familia como institución es un problema mundial que afecta a las personas en el desarrollo de toda su vida. No se circunscribe al dolor de la separación ni a las cuestiones legales y económicas que habitualmente la acompañan: en la mayoría de los casos esta crisis marca a padres e hijos para siempre. Y a esto se agregan crecientes evidencias que –francamente- nunca esperamos que existieran, tales como las cifras que demuestran de manera irrebatible que hay más violencia familiar en las parejas no casadas que en las casadas.

Nuestra Latinoamérica se ubica dentro del conjunto de países en los que las cifras que dan cuenta de la informalidad de las relaciones resultan más significativas: las tasas de nupcialidad indican que las personas se casan cada vez menos y que las pocas que lo hacen dan fin a su matrimonio mucho más que antes. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) se divorcia una pareja cada hora y media y para siete de cada diez de ellas significa la ruptura de un vínculo legal que duró una década o más. Por cada dos parejas que contraen matrimonio en la ciudad, otra se divorcia.

En 2012, mientras se registraron 5866 separaciones legales, hubo 12.667 matrimonios. Y la proyección indica que apenas el 46% de las parejas que se casaron a los 25 años seguirán casadas en su primer matrimonio al llegar a los 60 años. Uno de los cambios más notables que se ha producido en los últimos 25 años en la estructura familiar argentina ha sido el crecimiento de los hogares monoparentales, aquellos en los cuales una mujer o un hombre reside con al menos un hijo o hija, pero no convive de forma habitual con un cónyuge o pareja.

Cuando la pareja se deshace, es la madre –mayoritariamente- quien queda a cargo del hogar, los recursos económicos y afectivos se debilitan (el porcentaje de padres que no ven nunca más a sus hijos es impresionante) y en algún sentido es para todos un volver a empezar, aunque cargados con el peso de un hijo, con el fracaso y las carencias. Otro toque de atención sobre estos temas es ver que el rendimiento escolar de los alumnos argentinos que viven con solo un padre es claramente inferior que el de quienes viven con ambos, lo que constituye un llamado que no puede desoírse.

 

Familias que funcionan bien, que se mantienen juntas a lo largo del tiempo y que interactúan con los hijos de manera positiva, generan una sinergia que favorece a todos los miembros del grupo más que la simple suma aritmética de sus ingresos económicos. Pero además de las cuestiones afectivas, las familias más estables, con hijos queridos y cuidados, son un capital importante para cualquier sociedad. Tener una población en crecimiento es un activo importante para las sociedades y para ello es necesario que –dicho claramente- las personas se junten y decidan dar continuidad a la especie. La cantidad de personas es relevante, claro; pero más importante aún es la calidad con la que ellas se desarrollan desde el nacimiento. Por ello, hacer conciencia del problema es definirlo, ponderar, medir sus contornos y colaborar así en la construcción de políticas públicas que se focalicen en la Familia como la primera fuente de ese capital social que constituye al cuerpo de una Nación.



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