El día que el premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente almorzó en el Castillo de Caraza *
*Por Gerardo Scioscia

Sociedad | 2019-10-13 | 16:42:41


El seis de mayo de 1922, ¨ La Comuna ¨ ocupa toda su primera página para resaltar la labor del intelectual español. A tres columnas y a modo de título coloca el nombre de JACINTO BENAVENTE agregando como bajada que ¨ La Comuna engalana sus páginas con un autógrafo del gran dramaturgo, a quien el teatro de la lengua castellana debe más de cien de su mejores obras – los dos pensamientos que nos envía serán recibidos como un mensaje de cariño, y llegaran a todo el ámbito de Lanús ¨. Debajo de ese texto se insertó una copia fotográfica de las frases firmadas por Benavente, como así también el dibujo de su rostro, del que se destaca su frente calva, amplios bigotes, su barba triangular y una pluma atravesada y la rúbrica del autor de ese dibujo, un tal R. Galván.

   Entretanto el cronista Juan Barca en el desarrollo de la extensa nota a cinco columnas destaca entre otras cosas que ¨ Y su nombre estaba escrito en nuestro ¨ índex de geniales ¨ desde aquellos lejanos momentos en que los primeros temblores de su genio anunciaron la inserción, en los mismos fundamentos de la escena española, de un elemento desconocido hasta entonces. A partir de ese instante, en un incontenible fluir de su genio, aquellos temblores, que eran como una enunciación, porque desde ya quedaba realizada la genialidad de Jacinto Benavente, habrían de llegar, poco más tarde, a denunciar enérgicamente, a la sensibilidad de los estéticos, un forma originalísima de expresar ciertas actitudes de la siquis humana.

   En otro de sus pensamientos dejado por Benavente para quienes editaban ¨ La Comuna ¨ el escritor manifestaba que ¨ Materializar lo espiritual hasta hacerlo palpable, espiritualizar lo material para hacerlo invisible, es todo el secreto del arte ¨. Ese fue el recurso que Benavente utilizó a lo largo de su dilatada trayectoria como escritor.

Almuerzo en el Castillo de Caraza

 

 

De acuerdo con el relato de Alberto Mancusi, un vecino que nació en Caraza en 1919 podemos conocer detalles con qué escenario se encontró el autor español, durante su breve estadía en la quinta ¨ El Castillo ¨. Según el recuerdo de ese vecino la propiedad de Caraza contaba con dos caminos bordeados de árboles. ¨ Uno de ellos nacía en la calle Pilcomayo hoy Chubut, mientras que el ingreso principal se iniciaba en la calle Groenlandia (hoy Deán Funes) y luego de trasponer un portón de acceso que se encontraba adornado con dos palmeras había un tambo, donde todas las mañanas se ordeñaban las vacas que durante el día pastaban en cercanías de la estación del ferrocarril Midland, y a la noche eran recogidas y enceradas en un corral. Por entonces también había varios toros de exposición adquiridos por Restituto Caraza ¨.

   ¨ Por el sector del tambo, había una cocina, mientras que en una noria movida por un caballo se extraía agua fría, utilizada para refrescar la leche. Frente a la calle Groenlandia y luego de trasponer una sala en la que había una colección de armas, se accedía a los salones, en los que años más tarde funcionó la escuela N* 35. Hacia el fondo de esos salones se encontraba un invernáculo y los patios, donde abundaban los Parrales. Siempre de acuerdo con ese vecino ¨ al costado derecho de esos patios, existía una hilera de plantes de mora y un lote de plantas de mandarinas completaba el paisaje ¨. Toda esa construcción se encontraba rodeada de casuarinas y desde las altas torres se podía contemplar el paisaje que lo rodeaba. Ese es el escenario que pisó Benavente en 1922 y cuyo silencio reinante solamente era interrumpido de tanto en tanto por el agudo silbato del tren, que su conductor hacía sonar al acercarse a la estación, distante unas pocas cuadras de ese castillo y levantada en tierras de Caraza, que por esa razón lleva su nombre.

   De acuerdo con el semanario mencionado en varias oportunidades, los primeros al llegar el domingo al almuerzo organizado por Caraza fueron el corresponsal de ¨ La Nación ¨ Félix Ferrario que lo hizo conduciendo su propio automóvil y acompañado por el vecino Juan Materradona y Jacinto Benavente.

Al igual que a los mencionados comensales, el resto de la treintena de invitados a ese encuentro gastronómico también llegaron al Castillo ¨ mucho rato antes de la hora señalada para comer ¨ relató a tres columnas ¨ La Comuna ¨ en su ejemplar del 20 de mayo, explica el cronista que ¨ Como el día era apacible, sereno y la mañana tibia, era propicia para disfrutar unos instantes de la quietud campestre del lugar, circunstancia que estimuló a casi todos la anticipación de su legad ¨. En otro párrafo de la nota el periodista señala detalla que mientras arriba en el comedor, hacendosas manos familiares a la casa disponían el arreglo de la mesa con reverente prolijidad, abajo, formando un coro al aire libre, conversaban los invitados con don Jacinto ¨.

   En otras líneas el cronista nos pinta esa escena del siguiente modo ¨ ahora, se informan acerca de las cosas que hay en la heredad. Aquí una bandada de patos que huyen atravesándose, al paso de la gente; allí en medio de un serrallo sumisas congéneres, un gallo predispuesto a todo manda y lo dispone como un dictador; o un toro atado a un palenque por su fama de excesivo en los afectos con sus semejantes (y con quienes no lo son); una vaca blanca y negra sigue, que sigue rumiando tranquila, echada sobe la hierba; y, axial, el jardín, el invernáculo, el huerto…¨.

   Llega la hora del almuerzo se anuncia a la concurrencia que ¨ ya se puede pasar al comedor ´ y al situarnos en ese instante describe que ¨ Bajo el peso de los que suben, trepida la escalera de madera, en forma de caracol, que empieza en el fondo de un pasadizo y lleva hasta el comedor dispuesto en el piso primer ¨

   ¨ Larga mesa, blanquísima, con muchas flores y utensilios sobre si aguarda. En un extremo hay un sitio de honor, evidentemente. Con leal ademán el dueño de casa indica aquel sitio a Benavente; le significa que puede ocuparlo, que es el que le está destinado. El español toma asiento: con esa actitud indecisa, sin contorno; esa su sonrisa mefistofélica, sus frase truncas, quedas…muy quedas como si con sordos de remate se las viera ¨. Restituto Caraza ocupa el asiento izquierdo mientras que el amigo del autor español Juan Materradona se siente a su derecha y, entre plato y plato, se desgranan los recuerdos de la infancia y aspectos de la vida de cada uno de esos tres hombres, aunque algunas preguntas se Caraza giraban en torno de la producción literaria del español, por ser ¨ un admirador de su obra ¨, según se destaca en la crónica publicada por el semanario ¨ La Comuna ¨.

   El almuerzo estuvo amenizado por el piano de la señorita Lidia Toscano que ¨ ejecutó con exquisito gusto algunas composiciones clásicas, mientras que los payadores Ramón Vieytes y los hermanos Calvi deleitaron a la concurrencia con aires criollos. En cambio, a la hora de los postres y durante la prolongada sobremesa no faltaron los discursos. El más prolongado fue el de bienvenida, que por encargo del dueño de casa, dio el referido Juan Barca, quien seguramente también redacto la nota sobre ese encuentro y que apareció días más tarde pero sin firma, aunque por el estilo empleado, entendemos que fue escrita por él.

   Luego de pronunciadas las primeras palabras agradeciendo haber sido designado para ese acto y la presencia del español Benavente, el orador le recordó sobre la casa que lo albergaba que ¨ usted la podrá conocer desde muy lejos, don Jacinto, en esta llanura. Cada vez que quiera buscar hospitalidad, noblemente ofrecida en lo que pueda ella de propio para satisfacerle. El verdor que la rodea hasta muy lejos tendrá un matiz descansador para sus ojos fatigados por las largas vigilias; la buena vaca del establo, madre vigorosa y servicial, le dará una copa cristalina de tibia leche para restaurar las fuerzas gastadas en el trabajo ímprobo  de penar y sentir tan hondamente; los árboles de su huerto le brindaran, con solo pedirlos, sus frutos, su sombra o su leño; sus ventanas, abiertas al espacio gris de la pampa argentina, darán paso a la brisa pampeana, que vendrá a refrescar su frente ardorosa y pensativa. Todo ha resuelto Caraza, está ésta desde ahora a su disposición y en su nombre se lo ofrezco todo ¨.

   En ese mismo ofrecimiento el orador destaca que ¨ Usted podrá ver esta casa desde muy lejos don Jacinto cada vez que quiera hallar hospitalidad tan noblemente ofrecida ¨ y agrega que ¨ en medio de la pampa que conquistaron a los querandíes intrépidos hombres de su raza como Mendoza y Garay  usted lo reconocerá por las torrecillas que coronan estos



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